“Me he equivocado”

¿Error docente?

Lo que sigue es una posibilidad, una sensación, no una teoría, y no hablo de mi instituto, sino de todos los institutos…

Posiblemente pocas veces habrás oído pronunciar a un profesor el reconocimiento de un error, aunque si sale este tema todos dirán en la conversación que ellos sí lo hacen. Menos aún habrás oído que un profesor ha reconocido haberse equivocado, en algo importante, delante de los alumnos. Parece como si fuéramos un colectivo instalado de por vida en el acierto, o al menos en la ausencia de reconocimiento público de la equivocación propia. Eso sí, somos especialistas en insistir a nuestro alumnado sobre la bondad de la proclama pública o semiprivada de los errores que ellos cometen. “Pídele perdón a tal o cual”, “reconoce que te has equivocado”, “tienes que cambiar”, son expresiones diarias en los institutos, pero siempre y sólo dirigida a los alumnos.

¿Qué hay detrás de este comportamiento demasiado extendido entre los docentes? A poco que se observe, y se escuche, gran número de profesionales de la enseñanza fundamentan su supuesta autoridad en un, también supuesto, acierto permanente, absoluto, indiscutible, casi innato. Creo que hay muchísimos ejemplos diarios que están lejos de demostrar que es precisamente la capacidad de reconocer errores, de rectificar, de plantear alternativas a lo hecho, la que fundamenta la verdadera autoridad, la moral, la única verdaderamente valiosa. ¿Cuántos de nosotros le han pedido perdón a un alumno por haberse equivocado en algo grave? ¿Cuántos lo hemos hecho públicamente? ¿Cuántos profesores reconocemos nuestros errores en esa sala que parece convertirse demasiado a menudo en una sala de autopropagnda?

No, no nos expedieron el certificado del acierto eterno cuando entramos en clase la primera vez. Nos equivocamos, y a diario. Y sólo reconociéndolo y aprendiendo de ese error tendremos la oportunidad de crecer como profesores, como personas que enseñan a los demás que equivocarse, rectificar y plantear otros modos y medios es a lo que le llamamos aprender. Miedo me da la supuesta capacidad innata del acierto docente. Pánico la del mutismo ante el error propio.

Pero claro, es posible que me esté equivocando en este post. Tú sabrás, y dirás. Pero si me he equivocado ¿qué hago? ¿Copio cien veces que no lo voy a hacer más? ¿Escribo un post pidiendo perdón? ¿Quizás una redacción sobre el corporativismo y los blogs? ¿Dejo de pensar lo que he escrito?

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Acerca de Juanjo

Profesor de Filosofía

  1. Lo que sigue a continuación es una intuición, no una certeza, que quisiera aportar como posibilidad a la importante reflexión que encierra este artículo. Tal vez el camino sea el cultivo de la HUMILDAD en nuestra diaria práctica docente. Si una alumna de 4º de la ESO le reprocha una actitud injusta, échese atrás, señor/a profesor/a, reconozca su error ante ella y rectifique. Si tiene usted voz en la CCP y si, además, tiene la fuerza necesaria para hacerlo, hable a sus compañeros sobre dicha humildad, sobre el reconocimiento de los errores y sobre asumir una autocrítica necesaria en la práctica docente. Si un padre o madre le achaca, en un momento determinado, una conducta impropia, reconozca que se dejó llevar por los nervios y pida diculpas sinceramente. Son sólo algunos ejemplos posibles, pero yo tengo, en conjuno, una corta experiencia en mi trabajo. No obstante, aseguro que, cuando se quiere, se pueden aprender algunas lecciones de ejemplos como éstos o como otros.

  2. “Yo antes era muy vanidoso, pero me curé. Ahora soy perfecto.”

    Me acordé de esa frase (un chiste de Pedro Reyes), mientras pensaba en la respuesta a tu post. Y es que estaba pensando que a los que todavía estamos aprendiendo esta profesión quizá nos sea más fácil reconocer los errores, porque no los metemos en el saco de las “cosas que hacemos mal”, sino en el de “cosas que no sabíamos”. Seguramente, cuando dejemos de aprender y lo sepamos todo, ya no nos equivoquemos nunca. Así que supongo que tu post en realidad trata sobre “¿A qué edad dejamos de aprender?”

    PD: Ayer aprendí una palabra nueva: “Discente”.

  3. Totalmente de acuerdo, juanjo.

    Entre iguales, somos un gremio muy tozudo y vanidoso al que le cuesta horrores aceptar que no gozamos de infalibilidad alguna. No conozco una metáfora más adecuada para describir lo que a veces se ve en algunos claustros que esa imagen que utilizas: “sala de autopropaganda”.

    Con los alumnos ocurre tres cuartos de lo mismo, o peor. Intento exhibir a menudo con mis alumnos que a veces me equivoco y que eso es natural: “El que tiene boca se equivoca”, “Equivocarse es de sabios”, etc. Trato de hacerlo como ejercicio en el que les demuestro a ellos y a mí mismo que el profesor de filosofía no cae en el engreimiento autoritario y errático de considerarse infalible. También como modo de predicar con el ejemplo y educarles para que aprendan a pedir disculpas, reconocer los errores propios y ejercitarse en la humildad que menciona Ricardo. Sin embargo…

    Sin embargo das en el clavo: sólo hacemos (hago) esto cuando se trata de pifias menores.

    Podemos pedir disculpas por habernos equivocado en la fecha de muerte de un filósofo (porque consideramos irrelevante el memorizarlas), o por no acordarnos de que el último de día de clase fue el ejercicio de la página 12 y no el de la 13 el que marcamos (¡qué despistados! Esto incluso caza bien con la imagen de genio o sabio medio loco)… Pero cuando se trata de verdaderos errores, de fallos relativos a cuestiones que consideramos cruciales o a las que hemos dedicado tiempo y empeño, la cosa cambia y el rejo vanidoso de la infalibilidad vuelve a manifestarse. Pongo algunos ejemplos de cosas en las que rectificar nos cuesta:

    a) En una discusión en un claustro o CCP.
    b) En algún desacuerdo con profesores o padres que ha derivado en escritos con registros de entrada y salida.
    c) En un comportamiento inadecuado frente a un alumno: gritarle, castigarle excesivamente, perder los nervios…
    d) En una discusión relativa a contenidos de tu materia en la que el alumno tiene la razón.

    Estos casos se dan, ocurren: ya dijimos que no éramos infalibles: es lo que les repetimos a nuestros alumnos continuamente, con esa cantinela de que “nosotros los profes también nos equivocamos”. Sin embargo, cuando se nos presenta alguno de los casos anteriores, parece que nos olvidamos de esta lección de humildad y nos invade la ceguera y la soberbia.

    pd: “discente”, tampoco lo sabía. Lo acabo de buscar en google.

  4. Estoy de acuerdo, creo que muchos problemas de los habituales se solucionarían fácilmente si nos bajáramos de ese pedestal de autoendiosamiento y nos diéramos cuenta de que l@s alumn@s son personas. Puede ser que a lo mejor sepamos más de algunas cosas (ni siquiera de todas) que ell@s pero eso no significa que seamos mejores personas. Somos iguales en dignidad y por ellos merecemos igual respeto: a nosotr@s nos tienen que respetar y nosotr@s tenemos que respetarles. Y una forma de respeto es saber reconocer cuándo te equivocas. Pero, lamentablemente, en lugar de eso se suele practicar la prepotencia y el autoritarismo, y así lo único que hacemos es perdernos el respeto a nosotr@s mism@s. Mantener este discurso te hace impopular en las salas de profesores/as (al menos en la mía) pero es lo que sinceramente pienso y es lo que digo y trato de llevar a la práctica.

    Un saludo a los cuatro, Montse.

    PD: “discente”, yo sí la conocía, entre otras cosas porque uno de los blogs que me gustan es Discencia = http://discentia.blogspot.com

  5. Curiosamente, en los procesos de enseñanza-aprendizaje, el error es uno de los elementos que permiten el avance y la mejora (que se lo digan a los grandes sabios que en el mundo han sido). Tenemos derecho a equivocarnos, pero, como apuntas, deberíamos tener también la obligación de reconocerlo o, lo que es lo mismo, apechugar con el derecho de los demás a que sean reconocidos sus aciertos frente a nuestra engolada soberbia de docentes.

  6. pellejo

    Parece que alguien ha cometido un error (natural) y necesita expresarlo, decirlo (posiblemente porque en su momento no supo o no pudo hacerlo…?). Es decir, propagar que no lo había dicho en su momento (justificarse y lavar un “poquito” la conciencia) y consecuentemente expresar que es malo creer que no los cometemos (aunque ya lo supiéramos). ¿Son intuiciones mías? No quiero con esto dirigirme con mala intención hacia la persona que escribe el artículo, ni mucho menos. Pero me da la sensación de que algo no ha salido bien y en consecuencia existe la sana actitud de decirlo y dejar las cosas en su sitio sin perder un ápice de dignidad. Seguramente la reflexión anterior sean sólo sospechas infundadas y esté equivocado. Simplemente el post sea una lanzadera más hacia el reconocimiento de la no perfección humana (cierto) y de la insatisfacción que sentimos a veces en nuestro proceder diario (a veces la rutina nos juega malas pasadas, aunque no queramos). Aún así me gusta la reflexión y es bueno pensar en ella siempre que podamos (y ponerla en práctica en particular con los alumnos, por supuesto). Se me viene a la cabeza un párrafo de las escrituras: “Ninguna cosa externa, que entra dentro del hombre, puede dejarlo impuro. Al contrario, lo que sale del interior del hombre es lo que deja mancha en él. El que tenga entendimiento, que discurra”

    ¡Hasta luego!

    Pellejo

  7. Yo creo que esa vanidad peligrosa a la que aludes cuando la mayoria no da marcha atrás aún cuando se de cuenta del error cometido tiene mucho que ver con el ejercicio del poder. Y es que en mayor o menor grado tenemos el poder frente a padres y alumnos y ese ejercicio, aunque haya autocrítica, es muy peligroso pues somos humanos y hacemos, habitualmente, uos auto-exámenes en los que sacamos notas demasiado altas.¿Cuando les dejamos a los alumnos que nos evaluen? Quizás cuando esperamos que nos den buena nota?
    SNOW

  8. J. A. Pérez

    Creo que en el ejercicio del poder “todo acto de bondad es una demostración de poderío” (cita de Unamuno).

    Como profesionales no podemos conformarnos con reconocer algunos de nuestros errores. Tenemos responsabilidades en la corrección de errores. Por ejemplo, en crear un modelo no autoritario, un modelo de educación digno, participativo y democrático.

    ¿Queremos una educación participativa? Hay que ceder poder. Nuestras prácticas tienen que dirigirse hacia una democracia participativa. Delegar poder y responsabilidades en padres y educandos.

    ¿Estamos dispuestos a ceder poder y perder algunos privilegios?

    Un saludo.

    PD Juanjo: estupenda entrada

  9. Bueno es mi primer comentario en este blog, como profesora novata creo que el error es lo que nos hace avanzar como otros blogueros han comentado a esta entrada. El problema viene al reconocer esos errores frente a los compañeros, lo que en principio puede resultar de lo más natural cuando haces las prácticas después parece que eres poseedor del carnet de perfección. Yo creo que los diarios de clase ayudan mucho, y lo blogs que parecen desinibir… perdón desinHibirnos más.

    Un saludo.

  10. La llamada a la reflexión sobre la humildad que haces me parece muy atinada. Pero el problema de fondo no es de vuestra profesión, sino de “nuestra humanidad”. En todos los ámbitos, nos cuesta infinito reconocer que nos equivocamos y, cuanto más “elevada” sea nuestra posición, peor. Parece que quien ostenta algún poder corre un riesgo enorme si reconoce una equivocación: padres y madres en casa; jefes en los trabajos; políticos ante el público… Sin embargo, en mi opinión, la humildad no solo ensalza a quien la profesa, sino que le facilita las cosas ante los “subordinados”. En el fondo, hace más habitable el medio en el que estemos.
    Hay una anécdota del que fuera presidente de los EE.UU., John Fitzgerald Kennedy, que ejemplifica perfectamente esa situación: Cuando Kennedy reconoció públicamente su error en el desastre de Bahía de Cochinos (el fallido desembarco de cubanos anticastristas en Cuba, con el apoyo de la CIA), su popularidad aumentó mucho de inmediato: la gente sintió más cerca al presidente: también se equivocaba, como todo hijo de vecino…
    A lo peor, me he ido por los cerros de Úbeda, pero, para mí, la cosa es muy clara…
    Saludos y ánimo.

  11. Totalmente de acuerdo contigo, Juanjo, sobre todo cuando dices que “es la capacidad de reconocer errores, de rectificar, de plantear alternativas a lo hecho, la que fundamenta la verdadera autoridad, la moral, la única verdaderamente valiosa”.
    Yo también soy bastante novata en esto de la enseñanza, pero quizás con el tiempo me he hecho más humilde. La soberbia de los primeros tiempos, ese no reconocer el error ante el alumno se han ido perdiendo a medida que he orientado mi labor docente más a formar personas que a enseñar una materia determinada. Considero que el reconocimiento del propio error nos hace más humanos, más auténticos y más dignos de respeto.
    Un saludo.

  12. Todos tenéis gran parte de razón, aunque abordáis el tema desde múltiples ángulos. Yo soy vieja y docente desde hace muchos años y tengo más o menos las mismas percepciones. Quizá no sea tanto una cuestión de soberbia o rigidez sino una consecuencia de adoptar una posición de poder en el aula.
    Si aceptamos que no somos los más, ni siquiera “más” importantes, que nuestro papel es estar, codo con codo, en igualdad, al lado de los alumnos/as en una búsqueda permanente de conocimiento y de verdad, ayudándolos y ellos ayudándonos, todo es más fácil, más natural.
    Y está también el miedo a que nos pierdan el respeto si nos ven más humanos y sin embargo eso sólo sucede en nuestras pesadillas; en realidad, nos prefieren así, nuestra fuerza está en no avergonzarnos de nuestras debilidades.
    Un saludo afectuoso

  13. ¡Qué de reconocimientos de humanidad, de errores, de provisionalidad de lo hecho! ¿Dónde podremos reunir este claustro digital que empezó Da-Beat, Montse y al que nos añadimos Ricardo y yo? Da gusto leeros, suerte que deben tener vuestr@s alumn@s. Un saludo de uno que anda dándole patadas a las agujas del reloj. Van demasiado rápido, me dejan sin tiempo.

  14. Jo, yo quiero ese claustro ya, porque estoy harta de aguantar a los que estoy aguantando. Ah, propongo a Covadonga de directora porque ha puesto de manifiesto que la edad no tiene que ver nada con perder la ilusión. Juanjo, Ricardo, Da-Beat ¿dónde nos hacemos el insti? Un saludo, Montse

  15. Pues mira, Montse, es una idea maravillosa, no lo de hacerme directora, sino lo del insti éste, alternativo, que nos vamos a hacer. Contad conmigo como emérita pero, eso sí, que sea en el Sur, que en Oviedo está siempre nublado y la falta de luz me roba mucha energía. ¡Ah! y también al margen de los listos de turno, que estoy un poco harta de trabajar y que otros se pongan las medallas. Besitos

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