Como le vuelvas a pegar a tu hermano te doy una leche que te vuelvo la cara del revés. Que a ver si te enteras, que a los hermanos no se les pega ni se les insulta, pedazo de gilipollas.
Se lo decía un padre a su hijo. Acabo de escucharlo, al pasar, cerca de mi casa. Pues eso.
De día se mueve sigiloso, aparece y desaparece, huye, se acerca, y vuelve a esconderse tras el fuego artificial nocturno. A veces, hace suya esa máxima de todo invasor: mientras más ruido haga, más fuerte parecerá, pero sólo eso, parecerá. Porque el ruido y la fuerza, ya lo sabemos, tienen poco que ver. Mientras más lamento se disemine, menos lo observarán a él. Si oye disparos, presiente cadáveres desparramados por la sabana. Si ve tigres, los sigue y no se expone. Busca la manada pero no quiere que lo vean en grupo. El invasor de mentes se afirma individualista, pero desprecia a todo individuo que se resiste a la invasión. Y a la vez pregona el peligro de invasiones de todo tipo, porque el invasor de mentes se dice, sólo eso, se dice, amante de la libertad. Otea el paisaje de las debilidades como nadie y aprovecha su oportunidad para sobrevivir, inoculando un veneno paralizante que deja a sus víctimas en estado de semiconsciencia que no es sino el sucedáneo laico de lo que otros llamaron resurrección, redención, liberación. Previamente, ha pasado el día haciendo círculos, evitando cualquier reflejo, cualquier espejo. Recuerda hasta la saciedad que tras la tempestad vendrá el huracán, que las serpientes se reproducen, que si se podan las malas hierbas siempre volverán a crecer. Pero no diferencia la hierba de las aves, el agua de la roca, la tempestad del sol, la brisa del huracán. Vuelve a oír disparos y se le erizan los pelos hasta que se da cuenta de que no estaba en el punto de mira. Entonces, escondiéndose tras los matojos, husmea y continúa su sueño de la invasión total, orientado por el cadáver que cree que va a encontrar tras la cacería. Pero, sólo eso, lo cree.
“Queríamos ver qué ocurría al enfrentar a buenas personas con una mala situación. En este caso, la cárcel”. Estudiantes universitarios hacían de guardias y prisioneros, repartiéndose esos papeles al azar. Y ”lo ocurrido nos sorprendió a todos. La fantasía se convirtió en realidad. El límite entre el personaje que cada uno interpretaba y su verdadera identidad personal fue eliminado. Jóvenes encantadores se convirtieron en guardias brutales. Muchachos sanos enfermaron. Muchachos activos se convirtieron en prisioneros pasivos, como zombis (…) ¿Qué tipo de guardia serías, sádico o comprensivo? ¿Serías un prisionero conformista o un heroico resistente?”.
Son palabras de Philip Zimbardo, que lideró, a principios de los años 70, el grupo de investigadores que llevó a cabo el experimento de la cárcel de Stanford. Se trató de un experimento psicológico, no sé si del todo científico (¿propio por pseudocientífico de otros lugares que tengo más cerca?), que tuvieron que cancelar antes de lo previsto por su inesperado y brutal desarrollo. Me ha parecido muy interesante y, lo que es mejor, muy sugerente, y quizás de él podamos sacar muchas ideas para nuestra práctica educativa. Aunque el experimento esté, o a mí me lo parezca, más allá del límite de lo científica y éticamente aceptable. Tienes el vídeo aquí.
ACTUALIZACIÓN: Da-Beat y Maripuchi (que escribió sobre la película) me indican que existe Das Experiment, una película alemana de 2001, basada en el experimento de la cárcel de Stanford. Gracias a los dos, no tenía ni idea. Más información sobre esta película, en español, aquí. Y aquí un trailer de la película.
ACTUALIZACIÓN II: Illaq escribió un interesantísimo post en Zooglea sobre el experimento de la cárcel de Stanford. Y yo tampoco lo sabía. ¡Que sigan, que sigan las actualizaciones! Que así aprendo una barbaridad.
La de historias que puede haber detrás de una letra ¿verdad? Aquí tienes un cortometraje-denuncia que parte de la letra “M”, como inicial en inglés de algunas palabras, y que en un minuto y medio plantea que quizás se relacionen esas palabras de una manera tan injusta como real. Seguro que se te ocurre en español alguna historia en la que mande una letra. Sus autores son Proyecta films, de los que ya mostré aquí su “Papás y mamás”.
Ya, ya sé que no parecen las fechas adecuadas para lo que sigue, ahora que la palabra “paz” se cita en deseos tan generalistas como, a menudo, carentes de significado. Pero a lo mejor, precisamente por eso, hay que intentar llenarla de compañerismo, del de verdad.
El caso es que el pasado sábado llamé a un buen amigo por teléfono y me contaba de palabra lo que Montse ha denunciado con valentía en dos posts sucesivos: ¿Hasta dónde va a llegar la indecencia? e Insultos y vejaciones porque sí. Como habrás leído los dos enlaces, te estarás dando cuenta de que, evidentemente, estamos hablando de mobbing en las escuelas. Sí, sí, de mobbing entre docentes, entre educadores, entre profesionales que tratamos a diario con menores pretendiendo aportarles modelos de conducta, valores…
Asco, auténtico asco da constatar cómo este gremio nuestro es capaz de plegarse a veces ante la injusticia y mirar hacia el otro lado, ése en el que está el sueldo-fijo-para-toda-la-vida-y-yo-no-quiero-problemas. Patético resulta el timorato “compañerismo” que se arrodilla ante el poder de un equipo directivo y trampea con la justicia, la razón, la dignidad y la ley. No, no se es compañero sólo para quejarse, para taparse, para ocultar injusticias, para esconder irregularidades. Harto, muy harto estoy del “compañerismo” pro-finés, ése que esconde tras la llantina contra el legislador y las comparaciones improcedentes el falso lamento del “no podemos hacerlo mejor, porque la ley nos lo impide”. Sí podemos, y a lo mejor es precisamente la ley la que debería cumplirse.
Miradas, silencios, y sencillez para tratar un tema que, lamentablemente, veo demasiado y a diario alrededor de mi instituto y que, por eso, me afecta de lleno. No estoy seguro de si ninguna ciudad soportaría el cierre de alguno de los grandes centros de distribución de drogas. No sé si es posible, para este capitalismo salvaje, vivir sin guetos. Y comprendo, aunque no justifico, la reacción de la madre. El corto me ha dejado pensando en los estrechos límites que a veces separan el bien del mal, en quién es la víctima y quién el culpable, en tanto como se habla y escribe últimamente sobre el papel de los padres en la educación… Dura tres minutos y medio y aquí lo tienes. He avisado, es crudo, y duro.
No puedo dejar de traer aquí un vídeo que he visto en Educathor. Se trata de un famoso experimento que llevó a cabo el psicólogo ucraniano-canadiense Albert Bandura a comienzos de la década de los sesenta del pasado siglo. Se conoce como el experimento del muñeco Bobo (un payaso hinchable). Realizando el experimento con un grupo de niños en edad preescolar, Bandura concluyó que las conductas agresivas se aprenden por observación. Aunque ya lo dijimos, no está mal recordarlo de vez en cuando.
No seré precisamente yo el que diga que las televisiones tienen culpa de fomentar la violencia de género. Pero me quedé perplejo hace poco cuando me encontré el programa que aparece en la imagen. Yo tampoco sé si la violencia de género se está convirtiendo o no en un show. Lo que sí tengo claro es que este tipo de televisión no ayuda. ¿Aparecerá el 016 en el programita ése?
Aunque creo que mi compañero Manuel lo piensa publicar en nuestro Iguales en Las Tres Mil, no puedo dejar de traer aquí Papás y mamás. Se trata de un excelente cortometraje de la productora valeciana Proyecta films, galardonado con más de 30 de premios y dirigido por Marisa Crespo y Moisés Romera. Llega otro 25 de noviembre, y un año más seguimos igual. El corto es espeluznante, y muestra la importancia del ejemplo y la imitación por los/as menores. Me ha recordado la pregunta de Montse.