Es un ejercicio que hago a veces en clase, adaptado a cualquier asignatura. Comienzo un relato con dos o tres frases, y los alumnos deben continuarlo, uno tras otro, respetando y siguiendo lo que han escrito los anteriores. Se me ha ocurrido probar a intentarlo por aquí. Iré añadiendo al post las sucesivas continuaciones con el nombre del autor. No hay límites, sólo los de vuestras ganas e imaginación. Comienzo, y a ver quién sigue.
Entró en clase aquel día tarde, pero con la firme intención de hacer algo distinto, nuevo…
Se esforzó en plantear mil cuestiones a los alumnos y en motivar la participación de todos en la dinámica de la clase. La sesión, si bien no fue un éxito, resultó bastante satisfactoria, así que aquel día se marchó a casa con la ilusión renovada y con mil ideas en la cabeza. Entre otras, como fruto de una cierta divagación, se le ocurrió la siguiente: convocar por internet a profesores que cumplieran un perfil determinado para formar el `Claustro Ideal Oficial´… (Ricardo L. Rodríguez)
Emocionado con su idea y pensando que debía ponerse manos a la obra antes de que se le pasara la ilusión, publicó el siguiente anuncio en varios foros sobre educación: “profesor con ganas de cambiar el mundo y con una fe ciega en que desde la enseñanza se puede lograr, convoca a todos los profesionales de la educación que quieran trabajar con él en un nuevo proyecto educativo a una reunión que tendrá lugar el próximo día 30 de noviembre a las 17:00 horas en la salita verde del I.E.S. La Estrella de Granada.” (Raquel)
Addenda: Para los que no puedan asistir, se retransmitirá la reunión por videoconferencia.
Pronto las siglas CIO (Claustro Ideal Oficial) se convirtieron en un reclamo para profesores innovadores y en un peligro para las instituciones educativas. En los mundos virtuales, estaba creciendo una nueva clase profesoral que escapaba a los dominios de inspectores y controles de calidad. Había que actuar. (Lu)
… lástima. X creyó ilusionado que alguien pensó igual que él convocándolo. A él, el último alumno de la clase. El esquizofrénico sempiterno repetidor maloliente. Este año creyó poder empezar haciendo algo distinto y nuevo, aunque llegara un poquito tarde; y se sorprendió viendo el anuncio. Entristeció: al parecer era el profesor el protagonista… (Pellejo)
Sabía muy bien que los enemigos de sus enemigos no eran necesariamente sus amigos -porque en eso se habían convertido los profesores para él-, pero le pudo la curiosidad y maquinó su venganza: Se haría pasar él por profesor. Total, ¿quién le iba a descubrir si utilizaba lo de la videoconferencia con la adecuada ilumninación? (Leonor)
Acudió al bazar chino de la esquina y compró un maletín de polipiel, un bigote postizo y unas gafas de pasta dura. Ensayó delante del espejo unas voces estomacales que se proyectasen a varios metros de distancia, pero únicamente consiguió lanzar unos salivazos en el cristal. Decidió probar suerte con los movimientos de manos y con las miradas inquisitivas, pero tampoco acertaba a coordinar el aleteo de extremidades con los virajes de cuello. ¡Caramba!, qué complicada era la pose de un profesor… (Antonio)
Bien, pero en este instituto, también ocurren cosas como en toda sociedad y al siguiente lunes cuando J.J., director del Instituto “Modélico”, intentó dirigir su auto BMW hacia el aparcamiento, justo delante del edificio, observó que un alboroto multitudinario de jóvenes invadía la entrada. En un principio Don J.J. pensó en una manifestación juvenil. Pero las ocho y media de la mañana no eran horas de manifestaciones. Pronto comprendió que algo raro estaba ocurriendo, cuando divisó casi al fondo del aparcamiento un cordón de policías, lucecitas azules y naranjas girando enloquecidamente y una ambulancia, que en esos momentos llegaba, abriéndose paso entre los estudiantes con alaridos ensordecedores.
Don J.J. conducía lentamente, tratando de no atropellar aquella multitud de personas que invadían la calzada. Le preocupaba, sobre todo, que alguien o o algo le rallase el coche sin querer. Bajó la ventanilla parsimonisamente y le preguntó al conseje:
-¿Qué pasa?
-No sé. Por ahí dicen que es un muerto.
Don J.J. se rascaba el cogote, tratando de encajar la frase. Un muerto. No le cabía en la cabeza. No entendía, ni podía imaginar qué podía hacer un muerto a esa horas de la mañana, en el Instituto. Le sacó de su estupor la orden severa, pero educada, de una policía jovencísima que lo desviaba de su camino habitual.: La zona estaba acordonada con tiras azules y blancas de plástico y una treintena de policías trataban de contener con los brazos abiertos y a grandes voces a la muchedumbre. Los chavales intentaban cruzar el cordón policial, mientras hacían preguntas que nadie respondía.
Don J.J. se marchó y aparcó. Caminó entre la multitud, apartando mochilas de libros que emergían a modo de jorobas sobre las espaldas juveniles. Cuando llegó al cordón policial e intentó romperlo con decisión, le detuvieron de malas maneras y lo echaron a empujones ante la indignación divertida de los alumnos.
-Es el director. Es el director- gritaban.
Don J.J. aprovechó la algarabía para hacerse fuerte y trató de explicar que, como director, tenía que acceder al centro, informarse de lo que ocurría y organizar alguna estrategia para no tener más tiempo a los chicos en la calle. Mientras gesticulaba señalando la puerta de entrada, lanzó una mirada desde lo alto de la rampa y descubrió un bulto en el suelo cubierto con una sábana blanquísima y por debajo de la sábana, un enorme charco de snagre. Don J.J.se deshizo bruscamente de aquellos brazos y descendió la rampa corriendo. De nuevo fue detenido. Arriba, los alumnos aplaudían y silbaban encantados. Antes de que empezase a desterrar el aturdimiento y sin quitar ojo del bulto siniestro, se acercó un hombre de unos cuarenta años y con aspecto de controlar, o dirigir, el espectáculo.
-¿Quién es usted?
-Soy el director del centro. ¿Qué ha pasado?
-Alguien ha intentado ahorcarse desde aquella ventana, con tan mala suerte que la cuerda se ha roto y se ha partido la cabeza con el borde del escalón.
-¿Saben quién es?
-Sólo sabemos que es un dracquin. Todavía conserva bastante intacto el maquillaje.
El director lanzó una mirada inquieta a la sábana, que se hallaba a diez metros de sus gafas y se le descolgó la barbilla cuando comprobó que, además de una enorme mancha de sangre que crecía por momentos, asomaba pr debajo de la sábana una pierna peluda rematada con una combinación de satén gris metalizado rematada con puntillas.
-¿Puedo verlo?- Balbuceó con un hilillo de voz, temiendo lo peor.
El hombre de cuarenta años, que tenía aspecto de ser el inspector encargado del caso, lo miró desconcertado. Vaciló unos instantes y dio la orden de destapar el bulto, por donde parecía que estaba el rostro.
-Si usted lo desea.. Quizás pueda identificar el presunto cadáver…
A una señal del posible inspector, un joven sin uniforme esperó a tener al director con la mirada concentrada y entonces, con un movimiento brusco y consciente del efecto que iba a desencadenar, destapó la cara.
-¡Oh, Dios mío!- exclamó el director tambaleándose- Es el catedrático de francés.
A través de una peluca de melena rubia, despeinada y descolocada sobre el cráneo sanguinolento, se podría adivinar una mandíbula poderosa típica de travestido, unos labios exageradamente pintados de negro, así como unas pestañas, también negras y muy largas. Los párpados cerrados, estaban pintados de gris oscuro con puntitos brillantes y las mejillas sonrosadas mostraban un emplaste reseco, por donde intentabanabrirse camino las púas de una barba masculina y agresiva. Llevaba unos espectaculares pendientes de piedras de colores brillantes y un collar hecho con varias cadenillas doradas, que se enredaban en la pelambrera grisácea del pecho, enmarcado por un generoso escote.
-¿Cómo dice? ¿Lo conoce usted?
-¡Dios mío! Es el catedrático de francés. Es el Sr. Dupont. Es profesor de este Instituto y da clases de francés. Bueno, daba.
-¿Conocía usted las aficiones de ese profesor? Quiero decir, que si conocía detalles de su vida privada, que pudiera explicar este peculiar comportamiento.
-Bueno. Creo que tengo algunos indicios. Le gustaba frecuentar cierto bar….que está en una calleja del barrio del centro San Romualdo: el Tolouse-Lautrc……..
-Sólo sabemos que es un dracquien. Todavía conserva b (Manuel Sanz)
igote. Quiero decir, que estaba afeitado pero durante la noche, aunque esté muerto…, ya sabe, que sigue creciendo. El pelo, digo. (Guybrush)
Haciéndose paso entre la multitud de adolescentes hiperestimulados por el trágico incidente matutino el director consiguió finalmente acceder a su despacho. Marcó la extensión 13:
-Buenos días Lory, te pido un favor: No me pases ninguna llamada ni visita hasta nuevo aviso.
-Buenos días, JJ. Descuide, hay ya dos padres esperándole, pero les diré que aguarden hasta que usted me lo indique.
El director se encerró con llave, se hundió en el sofá y lanzó un gritito ahogado que derivó en un llanto lento y silencioso. Julien (a los que todos conocían por “Monsieur Dupond”) había sido un gran amigo suyo, un alma cándida y algo alocada, sí, pero ante todo un ser singularmente dotado para la amistad. El IES la Estrella de Granada había perdido tan solo a un gran profesor. Eso no era nada desde el punto de vista de la prensa o de la administración: tan solo un sustituto o un titular más, respectivamente. Desde el punto de vista del corazón, la pérdida de Julien se le antojó irreparable; para ella, la administración habría de demorarse aún más hasta terminar admitiendo que no había lista de sustitución alguna para el caso en cuestión.
Decidió sobreponerse, aparcar la tristeza, marcar el 13 de nuevo y volver al tajo. Abrió su correo electrónico y encontró esto:
“Hola Juan José, perdona este mail a horas intempestivas. Algo fatal está ocurriendo. Desde lo del CIO hay algo que “ne vas pas”. Ya te dije que algunas de las respuestas a la convocatoria tenían tintes extraños. Puede que sea sólo una cuestión del gremio: somos todos raros de cojones. Pero no, me refiero a algo más inquietante. He estado recibiendo anónimos desde aquel 30 de noviembre en la salita verde. Mañana te cuento con más detalle. Ten cuidado, mon ami”.
Este fue el último mail de Julien Dupond. (Andriu)
Don J.J.estaba consternado. Por mucho que quisiera apartar de su mente lo sucedido, no podía. Había sido un trago muy duro para él.
-¡Julien Dupont!Ya sabía yo que tarde o temprano me ibas a dar un disgusto- En su despacho Don J.J. se había despatarrado en el sillón de director y miraba al vacío. La habitación estaba en penumbra. No había querido subir la persiana. La luz le hacía daño. Las últimas horas habían sido agotadoras: interrogatorios policiales, llamadas teléfonicas a la Inspección de Educación, entrevistas con la prensa…Treinta y cuatro horas terribles.
Lentamente se levantó de su sillón y se dirigió hacia una taza de café que le había llevado la conserje. Tomó un sorbo, y después exhaló un largo suspiro. Volvió a la mesa más relajado, volvió a tomar otro trago de café y marcó un número de teléfono:
-¿Evaristo? Oye soy yo J.J. .Estoy en el Instituto. Tienes que venir. He de hablar contigo. Si, es sobre Julien. Necesito que me aclares algunas cosas-
Colgó el teléfono y, mientras bebía lentamente el café, empezó a recordar. Julien Dupont llegó al Instituto hace ya unos cuantos de años.Entonces ya era un tipo raro y oscuro. Antes de de dedicarse a su cátedra de francés había hecho traducciones. Sabía doce idiomas y era un hombre de extraordinaria cultura. Su padre había sido diplomático, y la infancia y juventud de Julien había transcurrido en los paises y ciudades más diversas: Alejandría, Reijkiavick, Moscú, Medellín, etc… habían sido algunos de los destinos de un diplomático de talante rígido. Quizás por temor al descarrío moral de su único hijo, viajó siempre con educadores, que le enseñaron las ciencias y las artes sin que el niño tuviese apenas contacto con otros muchachos de su edad, mantenéndole siempre apartado en residencias lujosas , repletas de cuadros y libros que abarcaban todos los saberes. La esposa del diplomático había muerto de paludismo pocos días después del nacimiento de Julien, por lo que el chico nunca supo lo que era una madre.
J.J. apuró el café , anotó algo en un papel y volvió a sentarse en su sillón.
-A ver qué me dice Evaristo. Aquí está ocurriendo algo muy extraño y el único que puede tener la clave del asunto es ese cabr…
Evaristo había llegado a este Instituto al mismo tiempo que Julien Dupont. Evaristo Carcajales, el catedrático de griego, era completamente diferente a Dupont. Parecía el polo opuesto.
Hijo de un militar borrachín, nunca pudo soportar la arbitraria disciplina que su padre quiso imponerle desde el primer momento. Por eso , el chico pronto encontró la manera de marcharse de su casa en busca e independencia. Se marchó a Paris, con un tío suyo, pintor de segunda o tercera fila. En el viejo y sucio taller de su tío aprendió sobre todo dos cosas: a pintar y a ser un “viva la virgen” . Juerguista, bebedor, mujeriego, discutidor infatigable, irreverente, pero eso si, amigo de sus amigos y generoso de verdad. En suma, un anarquiata de tomo y lomo.
Curiosamente dos tipos tan difeentes hicieron amistad a los pocos días aquel ya lejano curso. J.J. entonces no era director ni mucho menos. Era profesor de Astronomía, lo que más le gustaba era comer bien, y contemplar el cielo. Pero era muy listo. Quizás por ello pronto comenzó a frecuentar las tertulias de Julien y Evaristo.
En esos momentos andaba Don J.J. cuando sonó el teléfono. -¡Señor director, señor director! Era la voz entrecortada de Mariví, la conserje-¡Venga rápidamente, hemos encontado…… (Manuel Sanz)
Mariví carraspeó al darse cuenta de que debía ser prudente: -Venga usted cuanto antes, por favor.
Nada ocurría en el IES La Estrella sin que Mariví González tuviera conocimiento. Por sus manos habían pasado cientos de expedientes, las fotocopias de última hora de los profesores más exigentes, los recados de padres y tutores, incluso dispensaba aspirinas, tiritas o compresas en caso de necesidad del personal del centro. Era la madre del Instituto, siempre había estado allí, rodeada de las fotos de la realeza que recortaba con mimo de las revistas del corazón, las cuales se hallaban apiladas en una esquina de su cubículo.
Mariví solía resolver todos los problemas imaginables rauda y veloz, sin pestañear. Esa vez, sin embargo, un sudor frío le recorría las mejillas resbalando hasta el crucifijo que resplandecía sobre su pecho. Se apartó la melena y suspiró: - Virgencita, que Dios nos coja confesaos.
Sólo ella podía conocer el lugar en el que el profesor de griego solía refugiarse algunas tardes antes de una reunión o un claustro. Sin embargo, fue Lory, la nueva bedel sustituta, quien había encontrado aquello… (Minerva)
NOTA ACLARATORIA: Esta aportación sigue a la anterior de Manuel Sanz, por lo que a partir de ahí parece abrirse una doble trama.
” hemos encontrado…. una nota arrugada que al parecer tenía el catedrático Dupont en la mano en el momento del fatal desenlace. Debió caérsele y con el revuelo que se formó nadie se percató de la misma. Sin duda debieron pisotearla de lo lindo. Lory esperó algún gesto de J.J., pero éste se quedó como mirando al vacío, como sin reacción durante unos largos segundos. Lory, con cierta desilusión, abandona el despacho de J.J.
Nuevamnente solo, J.J. desarrugó la nota meticulosamente, alisándola varias veces hasta que pudo ver con claridad su contenido.Sin embargo algo llamó poderosamente su atención. Era el papel, un papel cuadrado, de los típicos para anotaciones con el dibujo y el logotipo de una conocida marca de bebidas, Martini para más señas. Dió la vuelta y efectivamente le confirmó una sospecha que le heló la sangre: era idéntico a un papel de notas que días antes había estado utilizando en un juego de desafíos etílicos con un conocido humorista de el Jueves, algo pasado de rosca y de ginebra en la barra de un bar de copas ( Le Chien andalou) frecuentados por frikis y gente de la farándula. Aquella noche por lo visto acababa de actuar un grupo de Dragqueen (”Las Chochonis 2.0″). Todo se le venía encima.No podía ser. Tenía como flashes, haces de luces que alumbraban y oscurecían alternativamente su entendimiento. Dobló en un acto reflejo la nota del difundo y respiró hondo. Necesitaba fumar un cigarrillo y salió fuera.Las sombras de aquella noche empezaron a esclarecerse. Recordaba como una de las Dragqueens que acababan de actuar chocó bruscamente con él al salir del excusado. Se le cayó su bolso de lentejuelas y al levantar la vista se tapó apresura y cómicamente la cara con una mano y con la otra le agarró con fuerza la muñeca, pronunciando algo que de lejos sonaba a francés aunque ,claro, con el ruido y la fauna ambiental no podía precisar, no dándole la mayor importancia.
En estas cábalas estaba J.J., cuando volvió a desdoblar la nota que tenía entre las manos y pudo leer alucinado lo que ponía por la otra cara…(Manuel)
Aquello que había encontrado Lory eran varias botellas de “Johny Walker”, etiqueta negra y varios frascos vacios de jarabe de un color acaramelado.Se encontraban en una estantería que tenía Evaristo Carcajales en su Departamento de Griego, tras unos tomos del BOE encuadernado. Allí era donde solía refugiarse para tomarse uno o varios tragos de whisky pero, los frascos vacios de jarabe ¿qué sentido tenían?. Al acercarse y cogerlos se dió cuenta enseguida por el olor que desprendían, no olían a medicamento, sino a whisky. Ese era el “jarabe” que continuamnente tomaba Evaristo para sus seguidos “resfriados”. (Manuel Sanz)
Recuerden que cuando Don J.J. se dirigía tranquilamente hacia el Instituto y se encontró con la trágica muerte del Sr. Dupont, en el aparcamiento junto a los coches de policía se encontraba una ambulancia que llegó en esos momentos.
Cuando la policía acabó con todos los trámites y el juez dió la orden de levantar el cadáver, el inspector de policía dió un chasquido con los dedos y al momento, por la parte de detrás de la ambulancia salieron unos tipos que transportaban una especie de parihuela, la depositaron en el suelo, junto al cadáver, lo recogieron por los brazos y por las piernas y lo colocaron, con la sábana en aquel recipiente. A continuación lo introdujeron dentro del vehículo y tras cerrrar la puerta, la sirena se puso de nuevo a emitir un pitido insoportable. La ambulancia cruzó lentamente una masa de centenares de alumnos, que asistían impresionados al desalojo del muerto. Ya empezaban a circular versiones, que en el boca a boca se iban modificando y tranformando casi en leyendas épicas.
Por fin, la ambulancia salió del Instituto y se perdió calle arriba. Los camilleros quitaron la sirena, que carecía de sentido, puesto que ya nada era urgente. Para urgencias las que habían tenido que atender dias anteriores, con chicos accidentados por las noches.Esta vez llevaban un muerto al depósito de cadáveres y el forence no llegaría por lo menos hasta el mediodía. Así que, si no recibían ningún otro aviso, tenían tiempo de tomar unas cervezas fresquitas en una taberna muy barata que había en aquel barrio.
Los camilleros aparcaron y se dirigieron a la taberna con intención de tomarse un par de cervezas sin prisas. Había que liberar el estrés de una profesión tan fatigosa, como poco reconocida (lo mismo que nos ocurre a los enseñantes). Y después de beberse las cañas, comer untando y empujando con los dedos unas tapas para acompañar a las cervezas, fumarse el cigarrito y comentar las incidencias del último partido del Betis, después de todo eso, ya habia pasado mas de media hora, volvieron a recoger la ambulancia.
Caminaban lentos y relajados. La ausencia de gente circulando por las aceras les incitaban a darse empujones y a reirse a carcajadas. Hasta que, de pronto, los dos se quedaron clavados en el suelo, mudos de estupor, boquiabiertos y con los brazos desmayados. Detrás de la puerta de la ambulancia brillaba al sol en el suelo una sábana blanquísima, llena de manchas de sangre. Corrieron despavoridos, abrieron la puerta y miraron al interior: el cadáver había desaparecido. (Manuel Sanz)
Miraron alrededor totalmente perplejos. ¿Quién diablos estaba interesado en robar un cadáver de la ambulancia? Quizás los chicos del instituto los habían seguido por alguna especie de curiosidad morbosa y se lo habían llevado para hacerle alguna fechoría. Sí. Seguro que había sido eso. Se tranquilizaron y llamaron a la policía para informar de lo sucedido. Alfonso, uno de los camilleros, un hombre gordo y alto, con la cabeza totalmente rapada, fue el que tomó la iniciativa. Avergonzado y con la voz ronca y temblorosa, como un niño que espera una reprimenda, dijo: -Señor, hemos perdido el cadáver del IES La Estrella de Granada.
El grito al otro lado del teléfono no se hizo esperar: -¿Cómo que han perdido el cadáver? ¿Se piensa usted que uno puede perder un cadáver como se pierde una llave? Explíqueme ahora mismo con todo detalle qué demonios ha ocurrido.
Alfonso, con la mirada clavada en el suelo y cada vez con un hilo de voz más débil, contó casi todo lo sucedido. No dijo nada de las cervezas (no habría quedado muy profesional). Se excusó diciendo que habían parado a tomar un café cargado porque llevaban toda la noche de servicio y se estaban quedando dormidos. Era un peligro conducir en ese estado…
-Fueron sólo quince minutos, señor, y cuando llegamos…
En ese momento, aún con la mirada baja, Alfonso descubrió algo que le hizo dar un respingo: -Espere señor, acabo de encontrar algo junto a la puerta de la ambulancia que nos puede dar una idea de lo que ha pasado… (Raquel)
Alfonso, el camillero gordo y alto tomó del suelo junto a la puerta de la ambulancia un cordón de oro o similar del que colgaba una chapa que estaba grabada.Rápidamente lo recogió y leyó su texto: Federico Fernández. Rh-. Alérgico a la penicilina. En caso de accidente llamar al tf. 000000.
Sorprendidos los camilleros, se miraron, dieron una ojeada otra vez a la chapa, releyeron de nuevo el texto, y Alfonso se sacó del bolsillo el papel que le había dado el Inspector de policía, lo desplegó y empezó a leer:
Fallecido: D.Julio Dupont Ramirez. Edad:54 años. Sexo:Varón…y dejó de leer, mirando a su compañero de dijo: El cadáver que llevábamos no era el que le corresponde a este impreso. Aquí ha habido un cambio. Han cambiado el cadáver y además nos los han robado. (Manuel Sanz)
…En estas cábalas estaba J.J., cuando volvió a desdoblar la nota que tenía entre las manos y pudo leer alucinado lo que ponía por la otra cara, escrito con otra tinta y trazos débiles, como de bolígrafo moribundo:
“Visitar a Federico Fernández antes de que se lleve el paquete. Pagarle el trabajito.”
En una situación paralela, el teléfono del despacho de J.J. volvió a sonar por enésima vez. Su cara se volvió traslúcida. Era la policía. El cádaver de Dupont había desaparecido en el trayecto hacia el hospital. Necesitaban fotografías del profesor para iniciar la búsqueda.
JJ, tras leer en el dorso del papel tan extraño mensaje, tuvo una inexplicable sensación. Todo encajaba, no sabía qué, ni cómo, ni dónde. Sólo sentía que tenía en ese mismo papel y en recuerdos nunca vividos ni recordados la solución del puzzle. (Guybrush)
El cambio de cadáver solamente lo sabian el impector de policía y los camilleros. Hicieron un pacto de silencio para que nadie se enterase de lo ocurrido.
Los camilleros antes de regresar al Tanatorio obtaron por dar una vuelta por el barrio y mirar por los contenedores a ver si encontraban al “nuevo cadáver”.
Por lo tanto, Julius Dupont estaba vivo. (Manuel Sanz)
-Todo encajaba -volvió a decirse a sí mismo el director J.J.- todo encajaba, claro que sí…
Y un brillo de luz despejó del todo sus ojos aún húmedos, como si toda aquella trágica mañana no hubiera sido más que un mal sueño. Y una leve sonrisa ensimismada se posó en su rictus, como si estuviera pensando: “Cómo me está divirtiendo esta historia”.
Y es que aquella nota lo cambiaba todo. Aquella nota y aquella insólita noticia de la policía.
En efecto, la letra era sin lugar a dudas de su amigo Julien. Esa letra abigarrada y barroca podía identificarla fácilmente el director de entre una tonga de 300 o 400 exámenes PAU. Eso estaba claro y en ello no había misterio alguno.
No, lo verdaderamente desconcertante no estaba en la forma sino en el contenido. Lo verdaderamente inquietante era que Julien hubiera llamado a Fefé por su nombre y apellido completos: “Federico Fernández”. Pese a odiarlo, nunca lo había llamado de otro modo, y nunca llegaría a hacerlo. El tono de cariño con que cualquier diminutivo barniza a un nombre sonaba en los labios de Julien Dupond -al decir “Fefé”- como un escupitajo amargo, como una gárgara de cicuta, como una arcada.
No, decididamente aquella nota no era lo que en principio parecía: un recordatorio, un post-it mental. Julien nunca hubiera escrito “Federico Fernández”; y menos si lo que trataba era de recordarse a sí mismo alguna tarea o gestión por hacer… No, aquello era una mera maniobra de despiste, acaso un mensaje en clave, sólo descifrable por personas muy cercanas, como él mismo.
Sí -se dijó J.J.- Julien vive. No está muerto.
La peluca, el maquillaje, todo el envoltorio bizarro de drag queen había podido servir para dar el pego y hacer pasar por un cadaver de 54 años el cuerpo aún tibio y coleando de un catedrático de francés homosexual pero vivo. Toda aquella sangre, puede que Orlando, puede que Starlux, los había cegado a todos, a toda aquella multitud inexperta de alumnos, madres y espontáneo público aún adormilado.
Luego, quién sabe cómo, el muy ladino de Julien se las habría arreglado para dar gato por liebre a la policía, o a los enfermeros, o a quién quiera que se hubiera llevado al falso cadaver. No era cuestión de dejarse abrir en canal por un forense.
-Pero ¿por qué? ¿para qué hacerse pasar por un muerto? ¿qué interés en desaparecer del mapa? Y ¿qué papel tenía Fefé en todo esto, si es que tenía alguno? ¿acaso se trataba de la oposición intestina que había mostrado hacia la constitción del CIO? (Andriu)
Bueno, pasó ese fatídico día y el Sr. Director se fue a su casa a descansar deseando que todo volviese a la normalidad.
A la mañana siguiente, cuando se dirigía en su flamante BMW. hacia el Instituto , al tomar la calle que le llevaba a la entrada, oteó el horizonte y todo lo que vio era normal: los chicos con sus mochilas a cuesta arrastrando sus deportivas de “marca” con indolencia, otros corriendo dando alaridos. etc… Lo dicho, todo normal. El Sr. Director respiró a fondo y a continuación encendió un cigarrillo.
Aparcó y observó que junto a la puerta había un grupo de personas paradas, esto le causó una alteración y sin pensarlo dos veces se dirigió rápidamente hacia la puerta de entrada, y ya cerca de este lugar descubrió que los que se paraban eran los profesores que iban llegando. Se quedaban parados unos segundos en el lugar en que apareció muerto el catedrático de francés. Había unas flores, lamparillas encendidas de color rojo, pintadas en la pared. Lo que llamaba la atención era que, junto a estas ofrendas mortuorias, había también bocadillos envueltos en papel de aluminio, tarjetones con dibujos y papeles doblados e incluso fotocopias de apuntes, que los alumnos depositaban casi constantemente.
Don J.J. recogió del suelo un folio doblado en cuatro partes, lo desplegó y leyó: “Los alumnos de 3º D no te olvidan. Siempre nos acordamos de las cosas que nos explicaba de la vida”.Y después había veintiséis firmas, con nombre y apellido y un garabato rematado con dos comitas.
Los profesores se iban distribuyendo por sus respectivas clases. Unos técnicos, con monos blancos y gorras con visera, estaban ampliando la megafonía del Centro y acababan de colocar unos altavoces por las paredes de la sala de profesores. Era la última ocurrencia del Sr. Director: poder hablar casi sin levantar la voz por encima del murmullo acostumbrado. Pero sobre todo, la idea que más le excitaba, era la de poder mandar mensajes, sentado en el despacho de dirección.
D.J.J., antes de entrar en su despacho, se encontró en el vestíbulo a Evaristo, que merodeaba por allí como por casualidad.
-¡Hola Evaristo! ¿Qué tal van las cosas? ¿Fuiste al entierro del pobre Dupont?.
Yo no pude ir porque estoy muy liado con la poli. ¿Qué pasó?
Evaristo respiró hondo y se tomó unos segundos antes de responder:
Todo fue bien al principio. Juan Carlos, el cura, estaba haciendo un elogio fúnebre… Ya ves tú…valorando todas las virtudes del difunto. Cuando apareció entre las tumbas del cementerio una figura de negro, con una enorme pamela, también negra. Avanzaba lentamente hacia nosotros, contoneándose lenta pero ostensiblemente las caderas. Tenía los hombros anchos y el traje se le ceñía al cuerpo, marcando un “ocho” exagerado. Arriba el pecho y abajo el trasero (culo). De la pamela bajaban unas gasas negras que dejaban transparentar misteriosamente unos ojos muy maquillados y unos labios pintados en rojos y muy provocadores (pronunciados). A pesar de todo, teníamos la impresión de estar delante de alguien conocido. Gimoteaba escandalosamente y dejaba escapar unos suspiros muy exagerados. Juan Carlos, el cura del Instituto, intentaba proseguir. Todos los presentes tenían puesto los ojos en aquellos descomunales pechos, que avanzaban como si fuesen de Marlen Dietrich. Cuando estaba a unos diez metros de la comitiva, dijo con voz clara y perfectamente masculina. “ A todos los cerdos les llega su sanmartin”. Y a continuación arrojó a la tumba un ramo de rosas que llevaba un terjetón en el que se podía leer: “PUB LE CHIEN ANDALOU”
Tus compañe@s del grupo de Dragqueen “Las Chochonis 2.0” te desean que por fin descanses en paz.
Y volviéndose hacia los presentes les dio un corte de manga.
-¿Un corte de manga?.
Exactamente. Un grupo de señores respetables proferían palabras inconexas y alzaban sus puños agresivos contra la pamela que se alejaba, el resto de la comitiva fúnebre permanecía estupefacta y clavada en el suelo, sólo unos pocos poder contener las carcajadas bajo un pañuelo.
-Ya seguirás después: Ahora tengo prisa.
-No hay nada más que añadir. La dama, o el caballero, el travestí, o lo que sea, desapareció entre las tumbas. Nadie se atrevió a increparle o detenerle. (Manuel Sanz)
A día siguiente, por la mañana temprano, antes de que diesen las 8 h. 30m. se encontraba Don J.J. en su despacho sentado en su sillón, recostado, fumándose un cigarrillo ya que no había alumnos ni profesores, sólo le acompañaba la conserje, debido a que se había decretado tres día de luto por la pérdida del profesor de francés?. Se encontraba Don J.J: absorto pensando en todo lo que había ocurrido en un solo día. Reflexionaba: “28 años lleva abierto este Centro y nunca ha ocurrido nada y, en un día la cantidad de problemas que han acontecidos”
En estos pensamientos andaba el Sr, Director cuando sonó el teléfono: - ¡Señor director, señor director! Era la voz entrecortada de Mariví, la conserje- ¡Venga rápidamente, hemos encontrado una “cosa” colgada en el cuarto de la caldera de la calefacción!
-¡Mecaguen en la p…!- Gritó J.J. saliendo a todo correr de su despacho.
Efectivamente, en el cuarto de calderas de la calefacción, pendía del techo, colgado por el cuello un monigote con figura humana, manchado con pintura roja, simulando sangre y un cartel pegado al pecho que decía: “J.J ha llegado la hora. Esto es el fin”.
J.J. no pudo más y se sentó en una vieja silla que había allí y exclamó: -¡Qué horror!.
La bedel estaba descompuesta y a punto de desmayarse y J.J. la mandó a su casa.
De vuelta para su despacho al pasar por la escalera que da a la planta superior le pareció escuchar algo. Sin pensarlo dos veces-El Sr. Director sería lo que fuese, pero desde luego era un hombre valeroso- echó a correr escalera arriba. Al llegar a la primera planta y única se paró, intentando escudriñar el silencio,-¿Dónde estará ese hijo de p..?. En ese momento escuchó un silbido como si lo llamasen. Miró a ambos lados del pasillo y le pareció sentir que la puerta del Departamento-clase de Dibujo se cerraba suavemente. Se acercó de puntillas escuchando los latidos de su corazón, que parecía que iba a salírsele por la boca. Una vez ante la puerta se paró, miró a todas partes. Los extremos del pasillo se perdían en la oscuridad, y frente a él, el Aula de Dibujo que tenía la puerta abierta y la luz apagada. Se acercó al aula y encendió la luz.
-¡Ohhhhh! ¡No!-
El cuerpo del Sr. Director se desplomó debido a un fuerte porrazo que le dieron en la cabeza y quedó tendido en el suelo como un fardo.(Manuel Sanz)
Parsimoniosos y en silencio, dos hombres y una mujer recogieron el cuerpo exangüe del director y lo fueron desnudando cuidadosamente dejándolo en calzoncillo. Le iban quitando las prendas poco a poco, la doblaban y las dejaban encima de una silla. Luego lo levantaron y lo sentaron en el sillón del Jefe de Departamento, uno de esos que están forrados en semi-piel negro y que tienen dos brazos volantes. Parecía que ya volvía en sí. Antes de que cobrara completamente la conciencia, uno de los hombres le ataba las muñecas a los brazos del sillón mediante unas tiras de papel engomado, de esos que se emplea para embalar. El otro hombre hacía lo mismo enrollando los pies a las patas delanteras, poniendo mucho cuidado en que quedaran los muslos bien separados. Más que los pies, lo que estaba atando con vueltas y vueltas de papel eran las pantorrillas.
J.J., abrió por fin los ojos y volvió a exclamar:
-¡Ohhhhhhhhhh! ¡No!
Había reconocido a los tres individuos que lo mantenían maniatado.
Uno era el inspector de la comisaría del barrio donde estaba ubicado el Instituto, que varias veces nos había visitado. El otro era, un hombre de pelo canoso, fortachón, con barbas y modales no muy exquisitos, cuya cara le era muy conocida y la vinculaba con el círculo que el frecuentaba en Educación. La mujer no acababa de reconocerla, pero, al fin cayó en sus facciones: Era una P.T. que había pasado antaño por el Instituto.
-Sr. J.J.- Comenzó el Sr. De Educación- Necesitamos saber a donde ha ido a parar el cuerpo sin vida del profesor Dupont. ¿Tiene usted alguna idea?
El director miró al Sr. De Educación implorando alguna explicación y balbuciendo palabras apenas inteligibles, dijo:
-No sé de que me está hablando. ¿El profesor Dupont?. Lo enterramos anteayer. Usted mismo estaba en el funeral. ¿Por qué me han atado? ¿Qué quieren de mí?.
De golpe la P.T. se abalanzó sobre él, gritando y empezó a pelliscarle. Cogía la carne entre sus dedos y la retorcía como si estuviese abriendo un cerradura oxidada.
El director se retorcía atado en el sillón. Al cabo de unos minutos, el inspector-jefe de policía la cogió violentamente del brazo y la apartó:
-¡Basta ya, Maria Luisa! No es necesario excederse. Nuestro objetivo es obtener información. No lo olvidemos.
Luego se dirigió afablemente al director, que estaba con la cabeza colgando hacia delante.
-Sr.J.J. –comenzó el inspector-jefe de policía- usted conoce perfectamente su Instituto y no se le escapa ningún detalle del Centro. Sabrá, por tanto, que el Instituto ha llamado poderosamente la atención de “La Organización” y que la cúpula directiva de “La Organización” está muy contrariada y francamente molesta con lo que está pasando aquí. ¿Sabe a lo que me refiero?
El director levantó la cabeza y trató de ganarse la confianza de sus verdugos insinuando estar al corriente:
-Por supuesto. Estamos hablando del asesinato del profesor Dup…
No pudo acabar el nombre, porque el Sr. Canoso con barba le arreó un bofetón que le hizo doblar la cara al pobre director.
En seguida, lo apartó el inspector-jefe de policía, esta vez con malos modales.
J.J. meneaba la cabeza aturdido, como si negara algo. Aprovechó la pausa para gritar fuera de sí:
-¿Qué queréis de mí? Yo no sé nada. Os lo juro. ¡Dejadme en paz! No sé de lo que me estáis hablando. No entiendo nada.
El inspector jefe de policía le dio una colleja, a la voz de:
-¡Cállate! Y presta mucha atención.
El Sr. de Educación se acercó blandiendo unos folios al aire y, comenzó a chillar como un energúmeno:
Sabes que históricamente, de vez en cuando se congregan en poco espacio y en poco tiempo grupos de personas autónomas, que brillan con luz propia y – lo que es peor- que influyen en los demás de un modo que no gusta nada a la cúpula de la Organización. ¿Me entiendes?. Tu Instituto es, desde hace varios años, nuestra pesadilla. Un 40% de los alumnos de la ESO aprueban sin dificultad, un 65% de bachillerato, pasan sin asignaturas pendientes; más de un 95% aprueban la Selectividad y pasan a la Universidad. Hemos hecho un seguimiento de esos universitarios y un 30% están colocados en puestos relevantes y toman decisiones que afectan a nuestros negocios. ¿Me sigues? ¡Son gente que tienen ideas! Y eso la han aprendido aquí, aquí, aquí, ¡mierda! aquí.(Manuel Sanz)
-Escucha con atención- Rugía el inspector-jefe- Tú lo has organizado muy bien. No lo podemos tolerar. No lo podíamos consentir. Os hemos enviado a dos conserjes sindicalistas de la vía dura: Manolin y El Canijo, a un profesor anarco-sindicalista, os enviamos a Remigio Rupérez, especialista en organizar enfrentamientos y en sembrar discordias. Os hemos enviados, a Pepito “el traga”, Antonio “el malahostia”, a Yeni, Yenifer, Lolita, Lorena, Lucas “el malasombra” y sobretodo a Vicente “el bomba”, y a muchos más… ¡cómo crees que te llegaron tantos alumnos que no pertenecían al Instituto!.
Todo inútil. En este momento, a partir de 3º de ESO un 15% de los alumnos piensan; y a partir de 1º de bachillerato, la estadística se dispara al 35,5%. No lo podemos aguantar. ¿Vas comprendiendo? Este Instituto es una vergüenza insoportable. Si seguís produciendo personas con criterio propio, que se atrevan a pensar solos –y ya no te digo si encima osan tomar decisiones- se acaba la globalización, los beneficios , la mano de obra barata y sin rechistar, los contratos basura, el tinglado de las multinacionales; se acaba el orden mundial, la estabilidad fundamentada en el trabajo de las masas etc..¡Hay que mantener la chusma a raya! ¡A raya!- gritaba cada vez más excitado- ¡Que no piensen! ¡Sobretodo, que no piensen! ¡Que no piensen! ¡AQUÍ PIENSAN!….
Mariví, que aunque Don J.J. la había mandado para su casa, no se fue y se quedó escondida en la conserjería. Oyó ruidos en la planta superior y, lentamente se dirigía hacia las escaleras, muy asustada por los gritos que salían del último piso. Percibió que alguien estaba vociferando enfadadísimo.
Mariví estaba muerta de miedo y no comprendía cómo las piernas seguían subiendo escaleras lentamente, puesto que su instinto hacía tiempo que le había aconsejado huir. Justo cuando empezaba el segundo tramo de escalera, una mano huesuda le tapó la boca. En el forcejeo, oyó un susurro cálido a su oído:
-No se te ocurra subir, o eres mujer muerta. Mejor nos escondemos en los servicios de las chicas, que está abierto. Ya te explicaré. (Manuel Sanz)
Ya dentro del servicio de alumnas, la asustada Mariví se giró hacia quien la había sujetado tan bruscamente. Era Evaristo, el catedrático de griego. La conserje dio un suspiro de alivio.
-¡Uf! Eres tú. Menos mal. Pero dime. ¿Qué está ocurriendo aquí?. Es terrible. Ahí abajo hay un muñeco de tamaño de una persona colgado del techo, ensangrentado, con la apariencia del Director. Arriba no se que está ocurriendo con el Director, pero oigo cosas muy extrañas.
¡Dios mío, Evaristo, dime qué pasa!. Estoy que me muero de miedo. ¡Habrá que llamar a la policía… no se…hay que hacer algo!
Mariví no pudo resistir y se abrazó temblando a Evaristo. El la estrechó contra su pecho mientras acariciaba sus sudorosos cabellos tratando de calmarla.
Mariví y Evaristo se conocían desde hacia mucho tiempo y desde siempre habían sentido simpatía mutua.
-Ahora lo que hay que hacer- dijo Evaristo tratando de despegar su cuerpo del de la conserje- es salir de aquí sin hacer ruido. Tú sígueme y ni respires; luego te lo contaré todo.
Evaristo asomó la cabeza al exterior y miró a ambos lados del pasillo. Todo estaba tranquilo
Con todo sigilo, cogidos de la mano, el profesor y la conserje descendieron hasta la planta baja.
-¿Llevas las llaves del bar?- preguntó Evaristo Carcajales.
Mariví, sin contestar, sacó un manojo de llaves del bolsillo que entregó con mano temblorosa a su compañero.
Abrieron la puerta, se dirigieron hacia la barra, retiraron varias cajas de ganchitos, piruletas y otras zarandajas, atravesaron una puerta, quitaron varias cajas, dejando al descubierto en el suelo una trampilla que Evaristo se apresuró a abrir.
-¡Baja, baja deprisa y espérame al final de la escalera!- dijo Evaristo mientras empujaba el trasero de su compañera animándola a descender. Ella se volvió y se lanzó a sus brazos bruscamente:
-¡Tengo miedo, Evaristo, tengo mucho miedo!
-No te preocupes, se lo que me hago. Anda ¡baja de una vez!
-Ahora era el profesor el que hablaba- Vamos a entrar en un recinto en el que hay gente. No te asuste. Les conoces a todos y son de confianza.
Empujó una pequeña puerta y la atravesaron teniendo que agachar un poco la cabeza. Accionó un interruptor que había a la derecha y la habitación se iluminó con una luz mortecina que venía de una bombilla desnuda que colgaba del techo.
Los ojos de Mariví se abrieron como platos.
Se encontraba en un habitáculo que no tendría más de cuarenta metros cuadrados y la altura apenas alcanzaba ciento noventas centímetros. Estaba lleno de viejos pupitres rotos, estanterías desvencijadas y otros muebles destartalados.
Se agarró fuertemente de la mano de su amigo y musitó:
-¡Natalia! ¡Oh, y …don Alfredo, y…Margarita! ¡Y también tu, Charo! ¿Qué hacéis aquí?
En efecto, en aquella lóbrega habitación había varias personas que Mariví conocía muy bien. Todos eran profesores del Instituto. (Manuel Sanz)
De repente, Mariví se puso a dar saltos como una posesa, mientras gritaba desaforadamente:
-¿Qué pasa aquíiiiiiiiiiiii?? ¡Me estoy volviendo loca! ¿Qué es todo esto?
Don Alfredo corrió hacia ella y, con energía pero con cariño le sujetó los brazos. Evaristo la tomó por los hombros y Charo le acercó una desvencijada silla. Mariló sacó una botella de anís Del Mono y un vaso de un viejo archivador y le ofreció un trago:
-Anda, toma un poco de esto. Te senterá bien. Tú tranquila, estás entre amigos. Pero…siéntate. Aún te queda el trago más duro.
-Mira, mira hacia allá- Le dijo Charo señalándole el fondo del cuartucho en el que había un cortinón descolorido colgando del techo.
Mariví miró atontada hacia donde le decían sin saber qué hacer, pero algo más tranquila, pues toda aquella gente le inspiraba confianza. Como ella decía, “eran gentes de bien”
De repente se descorrió la cortina y, dando un salto, salió de detrás una figura estrambótica, que en un principio no supo si era hombre o mujer. Barba de cuatro días, cabeza calva, mofletes maquillados de coloretes, labios pintados de negro. Llevaba un vestido como de seda de mala calidad, con un exagerado escote que dejaba ver un pecho peludo.
La figura abrió los enormes brazos ofreciendo a la vista unos enormes sobacos rizados en negro, largos y sudorosos.
-¡TACHANNN, TACHANNNN..!- gritó el personaje.
-¡Don Julio Dupo…!
Mariví se habría desplomado sino hubiera sido porque estaba sentada y la sujetaron fuertemente, Evaristo y D. Alfredo.
Rafaela, la del Aula-Taller se apresuró a abanicarla con un periódico, mientras Natalio le acercaba a los labios otra copa de anís.
-Tranquila, Mariví, tranquila- era D. Alfredo. Ya te lo contaremos todo.
-Pe…pe…pero ¡D. Julio está ahí y…está muerto!
El travestido se acercó despacio, le cogió la mano, se arrodilló frente a ella y empezó a decirle con voz tranquila y susurrante:
-Calma, mi niña, calma. No estoy muerto. Mírame. Estoy bien vivo.
¡Todo ha sido una trampa necesaria! (Manuel Sanz)
Verás. Sería largo de contar por eso y porque ahora tenemos prisa, voy a tratar de ser breve.
El ahorcado no era yo. Era Federico, el de matemáticas, si el cabezón bigotudo, ya sabes, el que tanto le gustaba la cerveza, el vino, los toros y otra cosa que tu bien sabes.
Pertenecía a una maligna organización, “La Organización”, la cual está actuando en el Instituto… bueno, y en otros Institutos de nuestra Comunidad Autónoma, con el fin de evitar que logremos algo positivo con nuestros alumnos. No les interesa que la gente aprenda, que la gente piense por si misma. Eso perjudica sus planes de dominio. Los tontos son fáciles de manejar.
En fin, no es tan simple, pero ahora no tenemos mucho tiempo. Es un enemigo muy poderoso y no se anda con chiquitas.
Federico había cometido un error que podía comprometer a “La Organización”. Por eso, antes de que lo pillaran ellos decidió quitarse la vida. Yo me limité a ocupar el lugar del cadáver una vez que el cuerpo llegó al suelo.
Mi vida también corre peligro, pero por razones muy diferentes.
Ese fue el truco que se me ocurrió para escapar. Ahora creen que estoy muerto. Sólo buscan mi cuerpo.
-¿Su cuerpo?- Balbuceó Mariví.
Si, verás…
-En resumen- continuó Evaristo, Dupont y yo hace tiempo que detectamos la existencia de “La Organización”. Él se infiltró en ella haciéndose pasar por persona de tendencias perversas. Ya sabes que trabajó mucho en el teatro cuando su padre, el diplomático, estuvo destinado en Paris.
Les hizo creer que era drag-queen; por eso podía entrar en el “Tolouse-Lautrec”, su club y centro de reuniones. Allí actuaba de vez en cuando, al igual que en el Pub “Le Chien Andalou”.
En fin, he de aclararte que en “La Organización” todos son unos degenerados.
Yo, por mi parte –continuó su relato Evaristo Carcajales- he estado haciendo el trabajo desde fuera.
Me he encargado de J.J., el director. Mi trabajo consiste en influir en las tomas de decisión, para que, sin que lo note, éstas vayan en contra de los planes de “La Organización” , aunque J.J. es muy listo y creo que él lo sabe todo y se hace el tonto.
También he tenido que trabajarme a los alumnos, preparando una serie de comandos que pudieran neutralizar a los “malahostia”, el “bomba” el “pupas”, etc …
Después puse sobre aviso a todos estos. Son los únicos en los que verdaderamente se puede confiar. ( Todos estos compañeros pertenecen al C.I.O) (Manuel Sanz)
Margarita le interrumpe:
-No es así exactamente, perdona. Sabemos que no sólo nosotros somos de confianza. Hay más gente, lo que ocurre es que nos hemos unido para luchar contra “La Organiza ción”.
Pese a estar mas tranquila, la mente de Mariví era todavía un torbellino. Era muy duro y difícil asimilar tantos acontecimientos tan deprisa.
¡Dios mío, el Director!- Gritó de pronto, recordando los últimos acontecimientos vividos en el Instituto.- ¿Qué le estará pasando?
-En efecto- contestó Evaristo- No hay tiempo que perder. ¡Cada uno a sus puestos!
Tened en cuenta que el martes hay Claustro (El tan esperado C.I.O.) y lo que se diga allí es fundamental para el desarrollo de todo este tinglado.
Mariví, tu ven conmigo. Los demás ya sabéis lo que tenéis que hacer. Y tú, Enrique, sobre todo ten mucho cuidado con tu misión en el cementerio. Ya sabes, mañana es el entierro del profesor de Historia, Carlos Cantamañanas, aquel que estuvo en el Instituto y era experto en grescas y fechorías. Parece ser que apareció muerto con un mapa de Europa metido en la boca. Lo encontraron en su piso de San Lorenzo. Al sepelio acudirán todos los peces gordos. Todos sabemos que estaba muy bien relacionado y, aunque nadie le quería, quien más quien menos tiene algo que ocultar, y él estaba en todo. Irán no por afecto, desde luego, sino por ver que ocurre.
Se ha corrido la voz de que el Padre Juan Carlos, en el funeral va a decir cosas importantes. Ese Juan Carlos ha reiniciado con gran intensidad sus actividades entre la curia vaticana, sector Ratzinger. Parece que “La Organización” nació en los oscuros cónclaves de los cardenales más cerriles. ¡Se dice, incluso, que esos cónclaves los presidía el mismo DIABLO!
Unos minutos después, Evaristo y Mariví estaban en el vestíbulo del Instituto. Todo parecía tranquilo.
-Tú vete a Dirección, por ver si encuentras algo de interés.
Espérame allí-dijo el profesor- Yo voy a subir a ver qué ha ocurrido allí arriba.
Deslizándose como un gato, Evaristo subió las escaleras hasta el piso superior. Todo estaba en penumbra y en silencio. Se acercó a la puerta del Departamento de Dibujo y pegó la oreja a ella. No se oía absolutamente nada.
Abrió con cuidado y encendió la luz. Estaba vacío. Eso si, había un gran desorden y en el centro una silla de profesor llena de cintas adhesivas por todas partes.
Salió del Departamento de Dibujo y miró el aula que tenía enfrente. Echó un vistazo y le pareció que sobre la mesa del profesor había un papel. Lo tomó en sus manos y leyó a toda prisa. Era la letra de J.J. Una letra nerviosa, grande, estirada, trémula.
Decía así:
Amigo Evaristo:
He de verte como sea, creo que me estoy volviendo loco.
J.J. (Manuel Sanz)
Los profesores habían sido convocados a un Claustro Extraordinario. Conforme iban llegando, se iban sentando en las sillas de la Sala de Profesores, ocupando sus sitios de costumbre. El Director se encontraba en su despacho y si darse cuenta manipuló unos botones que había en una pequeña caja de control de la megafonía del Instituto y entonces se oyó por los altavoces una voz encrespada y de muy mal humor.
-¡Me cago en la leche, J.J.! No pongas pegas y diles a esos robaperas, a esos cantamañanas de mierda, que se metan la cultura por el culo. Cul de cultura y cul de culo. ¿Comprendes? Cul, cul, cul,cul…
Los profesores quedaron paralizados cada uno en su sitio, sorprendido y poniendo mucha atención para no perderse detalle de la arenga. La voz fue reconocida inmediatamente por algunos: “Es el dios, el ”One” de la Educación” y era claro que el Director J.J. estaba recibiendo instrucciones en ese mismo momento en su despacho.
-Pero “One”-balbuceaba el Director-¿Cómo voy a decirles eso?
-¿Cómo les vas a decir eso? ¿Cómo les vas a decir eso?- Se oía rugir por los altavoces. Te lo diré:
Jamás enunciarás claro los objetivos.
Serás breve y cortante.
Hablarás con voz prepotente y altanera (como ZP)
No consentirás turno de réplicas, salvo que te lo pidan los más tontos y recordarás, los acuerdos del Consejo Escolar:
Nada de deberes para casa
Supresión de lecturas, ya sean novelas o ensayos, que produzcan ansiedad al alumno-o sea todas-
Favorecer la creación de comisiones entre los alumnos encaminadas a preparar viajes de estudios, festivales de Navidad, Carnaval, Semana Santa, Fin de curso, todo tipo de concursos y competiciones, desde juegos de salón, hasta fútbol.
Decir en las Tutorías que hay muchos licenciados en paro, etc…
Los chicos están muy estresados y necesitan divertirse.
Se hizo un silencio denso, donde las miradas buscaban en cualquier rostro, de cualquier compañero, una explicación razonable. Pero esas miradas sólo encontraban ceños fruncidos.
-¡No puedo! ¡No puedo!- se oyó al fin- No están tan derrotados como los pintan las encuestas y la gran mayoría creen todavía en lo que hacen.
-¡No me jodas, J.J.! ¡Están más acabados que el Alcoyano! Un empujoncito, un buen argumento, y mandan a la mierda la cultura. Que es de lo que se trata.
-No entiendo nada. No entiendo nada.
Don J.J. se sujetaba la cabeza, apoyando los codos en la mesa. Entonces recordó vagamente una conversación con Evaristo, en la que le advertía de que se avecinaban tiempos difíciles y que la tan cacareada globalización iba a traer muchos problemas al Instituto. (D. Evaristo. Así que él también sabía algo), pensaba casi sin querer.
Se había olvidado de que tenía delante al “dios” de la Educación, paseando como una fiera enjaulada y profiriendo todo tipo de barbaridades. (Manuel Sanz)
-Lo siento,-Dijo al cabo de un buen rato el Sr. Director- Creo que empiezo a entender algo. Pero ahora, tengo que presidir el Claustro. Ya seguiremos en otro momento.
El ”dios” lo miró con los ojos inyectado en sangre y escupió unas palabras:
-Vete a la mierda. Y ten mucho cuidado con lo que dices.
Don J.J. se dirigió hacia la Sala de Profesores para presidir el Claustro.
Lo que ocurrió allí no se puede contar con detalle. El director habló durante media hora seguida llegando al final de su discurso bastante pálido y casi tartamudeando intentó hacer un resumen:
-Tenéis que proyectar el Instituto al barrio.
-¡Amen!- Respondió un clamoroso susurro que provenían de cuarenta gargantas.
-Tenéis que escuchar las quejas de los padres y atender favorablemente sus reclamaciones.
-¡Amén!- Volvió a rugir el colectivo docente.
-Tenemos que motivar, entretener, socializar, divertir y distraer a nuestros alumnos.-Gritaba el director, cada vez más excitado.
-¡Amén!- Aullaban con entusiasmo los profesores.
-Tenemos que obtener mejores resultados, si queremos recibir las subvenciones que hemos solicitado para poner una televisión y un ordenador en cada aula.
-¡Amén! ¡Amén! Amén! Vociferaban todos los profesores entusiasmados.
Las “letanías” se prologaron todavía unos minutos. Cada propuesta era recibida con creciente griterío y coreada con chillidos enardecidos. Como conclusión a este episodio de excitación colectiva, se alzó una voz que entonó un estribillo:
-El director de La Estrella.
-¡Ella! Gritaban todos con frenesí desmesurado.
-Es un tío muy agudo.
-¡Udo! Seguían gritando.
-Nunca tiene ningún fallo.
-¡Allo!
-Y es un tío cojonudo.
Entonces, todos los profesores sin excepción, se enlazaban por los brazos y se balanceaban a derecha e izquierda, cantando desaforadamente:
-¡Carrascal, Carrascal! ¡Qué bonita serenata! ¡Carrascal, Carrascal! ¡Que me estás dando la lata!
El director miraba al claustro enternecido. Bajaba la cabeza y negaba blandamente con la cabeza, sonriendo con satisfacción
(Manuel Sanz)
De repente, el director cambió bruscamente de expresión. Se quedó inmóvil, con la boca abierta en un grito horrible, rojo y congestionado, y con los ojos perdidos en algún rincón de la sala. A juzgar por el estruendo que se había formado debajo de la mesa, “un monstruo horrible” había dado un buen zarpazo al paque… del Sr. Director. Antonio y D. Gumersindo se abalanzaron debajo de la mesa y extrajeron por las piernas a una mujer desgreñada, que arrojaba espumarajos blancos por la boca y que se agitaba convulsamente. Le tuvieron que dar dos bofetadas, mientras Antonio la neutralizaba enérgicamente, retorciéndole los brazos. Entonces, D. J.J. se llevó las manos a la cara y comenzó a exclamar:
-¡Oh, no! ¡Por todos los santos! ¡Es ella otra vez! ¡Mi pesadilla: La P.T.!
Antonio y D. Gumersindo sujetaban con todas sus fuerzas, uno por cada brazo, a la P.T. que pateaba como una energúmena y chillaba espantosamente:
-¡Cerdo asqueroso, te voy arrancar el corazón. Traidor! ¡Hacerme esto a mi, a mi!
D. J.J. no pudo más. Aquello era la gota que colmaba el vaso. Sin poder evitarlo, el disco duro de su cerebro se puso en marcha ofreciéndole a la memoria imágenes anteriores de escarnio y humillación. Sobre todo recordó la escena, unos días antes, en el Departamento de Dibujo, sujeto de pies y manos…
Se puso de pie, los ojos inyectados en sangre que parecía que iban a salirse de sus órbitas y con las manos empezó a destrozar el fajo de cuartillas que tan cuidadosamente había preparado para el Claustro. Le temblaba todo el cuerpo y las venas del cuello parecía que iban a reventar.
Los clausúrales estaban atemorizados.
No sabían qué hacer ni que decir.
Margarita, la de inglés y dos profesoras de Ciencias Naturales se miraron atónitas diciendo al unísono:
-¿No es esa la antigua P.T.?-
La Sala de Profesores era un caos tremendo, una especie de rebaño de ovejas asombradas, que miraban alucinadas a una mujer pateando y berreando, sujetada por dos hombres que apenas podían hacerse con ella, y a su Director Supremo, Don J.J., que del color de una berenjena ahora se comía todos los papeles que había destrozado mientras gruñía palabras inconexas.
De golpe, el Director dio un salto felino, se subió a la mesa y se abalanzó sobre la mujer que babeaba. De un par de rápidos y sonoros sopapos apartó a D. Gumersindo y a su colega que cayeron de espaldas contra sus compañeros, creando un efecto dominó que dio en el suelo con seis o siete profesores de las primeras filas, y se aferró con sus garras porque en aquel momento sus manos eran las garras de un oso herido) al cuello de la P.T.
En ese instante, la P.T. gritó algo incomprensible, y como si hubiese pulsado el botón de un detonador, las puertas de la Sala de Profesores se abrieron bruscamente dando paso a las Fuerzas de Seguridad (la Poli) que esperaban en el exterior.
Estaban comandadas por el Inspector-Jefe que, haciendo sonar un silbato de un modo estridente como los que usan los árbitros de fútbol y con el puño derecho en alto armado con un revólver del calibre 42 disparó al techo y gritó desaforadamente:
-¡Coño, todo el mundo al suelo!.
Lo que allí se organizó no se puede narrar. Todos se metieron debajo de la mesa excepto el Sr. Director y su amigo Evaristo que se mantuvieron de pie. Intentaron tirarlos al suelo y no pudieron. El Sr. Director, sacando fuerzas de flaquezas gritó:
-¡A por ellos!- (Manuel Sanz)
Los de Seguridad, al mando de Rafalito, porras en mano, acudieron, golpeando a diestro y siniestro. Los profesores fueron sacando las cabezas de debajo de la mesa y al ver la defensa de los “seguritas” se envalentonaron y se defendían como podían.
El Director y la P.T. se arrancaban la piel a mordiscos, patadas y puñetazos, revolcándose por el suelo, tropezando con sillas, bolsos, chaquetas y cuerpos malheridos.
Dos profesores se encaramaron encima de las estanterías lanzaban las copas, los trofeos deportivos y los azulejos que el profesor de Dibujo tenía colgados en la pared, intentando atinar en la cabeza de alguno de los polis.
Uno de estos polis (malos) atrapó por los pelos a Mercedita, la de Economía, “una profesora que nunca se metía con nadie”. Entonces Pancracio, el profesor de ruso que desde que vio aparecer a Mercedita por el Instituto había sentido la llamada del amor, cogió, como de un titán se tratase, uno de los tablones de anuncios y lo estrelló contra la cabeza del poli, que tuvo que soltar a Mercedita.
Las conserjes, al escuchar el alboroto que allí se había organizado no lo dudaron un segundo. Armadas con todo aquello que les pareció contundente ( Lory, por ejemplo, se hizo con una vieja estufa eléctrica, y Mariví blandía unas grandes tijeras que siempre andaban junto a la fotocopiadora) entraron en el recinto engrosando el número de combatientes.
En esto, Evaristo, esquivando ágilmente el golpe que le asestaba uno de los polis, se subió de un salto a la mesa y señalando a la puerta gritó:
-¡Compañeros, seguidme!-
De un puntapié se deshizo de otro atacante, cogió al Director que en ese momento era mordido por el cuello por la P.T. y lo arrastró hacia la salida.
En su retirada, Evaristo y otros tres profesores cogieron los extintores contra incendios (que habían sido recargados hacía apenas unas semanas) y dirigiéndolos hacia los asaltantes los pusieron en funcionamiento y lograron hacerlos retroceder.
-¡Corre Mariví, abre el pasadizo secreto!-
La conserje corrió hacia el bar y allí vio con agradable sorpresa que Ricarda, la que regentaba el bar, ya había abierto la trampilla que bajaba al sótano secreto.
-¡Aprisa, aprisa, bajad todos por aquí y no paréis de correr. Abajo está Igor, mi hijo. El os conducirá. Seguidle!
Como si hubieran sido concienzudamente adiestrado por el mejor sargento de marines, profesoras, profesores, conserjes y administrativo (que en el último momento se habían unido al grupo) fueron introduciéndose en el oscuro pasadizo siguiendo a Igor que comenzó a recorrer a toda prisa, linterna en mano, un laberinto de húmedos pasillos.
-¡Vamos Gumersindo, date prisa! ¿Y tú Mariví, baja tras él!. Y a ti Ricarda, muchas gracias. Ahora ya te puedes ir. Ten mucho cuidado.
Fueron las últimas palabras de Evaristo antes de cerrar la trampilla tras de si.
Ricarda escaló a toda prisa por encima de unas cajas de productos de la cafetería hasta llegar a un ventanuco por el que apenas pudo salir al exterior. Una vez en el patio, cogió una bicicleta que parecía estar esperándole, abrió la puerta trasera y desapareció por la calle que discurría junto a la valla del Instituto.
Mientras tanto, en la Sala de Profesores y sus proximidades, los polis capitaneados por el Inspector-Jefe, trataban de reponerse de la sorpresa. Aquellos profesores sabían defenderse mejor de lo que esperaban. Los habían infravalorados.
En ese momento suena el móvil del Inspector-Jefe:
-¡A sus órdenes Monseñor! ¡Lo lamento, se nos han escapado!
Del interior del negro aparatejo salió una voz oscura con acento italiano:
-¡Porca miseria, imbecile, mentecato!- (Manuel Sanz)
Todo el grupo, salvo Ricarda, que había salido a escape con la bicicleta como si fuera una Indurain en el Tour de Francia, extenuados por la violencia de la pelea y la premura de su propia huida, se detuvieron un momento y se miraban con caras de preocupación. El director J.J. rompió el sonido de los jadeos diciendo de forma exaltada:-¡Toma! Así sabrán esos cabrones lo que valemos los docentes. La felicito a Vd., especialmente, Dña Rita [la seño de Latín], por el heróico tetazo que le ha dado en la cara al hijoputa ése del Inspector. Ya sabía yo que Vd. era toda una amazona guerrera.Entonces, mientras todo el profesorado felicitaba y aplaudía a su líder, congratulándose con la defensa numantina que había opuesto a aquéllos esbirros, se escuchó muy cerca un triste lamento…Era Igor, el contrahecho, el quasimodo, el deforme, que lloraba amargamente… (Ricardo L. Rodríguez)
Todos los profesores entraron precipitadamente por la trampilla. Se empujaban unos a otros y se sentían muy próximos físicamente, de modo que algunos se complacían deliberadamente en este magreo, tan justificado como accidental. Evaristo y cuatro profesores más, al parecer conocedores de los corredores que se habrían ante el grupo, dirigían las operaciones.
Evaristo iba delante con una linterna enorme marcando el recorrido. Como había un laberinto de galerías oscuras, apenas vislumbradas, otros cuatro profesores dirigían al resto de sus compañeros, colocados en recodos estratégicos con linternas. Nadie tenía experiencia en andar por los corredores de lo que parecía una mina abandonada; pero también imaginaban que las verdaderas minas, las auténticas, debían tener pasadizos más estrechos.
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