Coincido plenamente con Juan A. Pérez (no te pierdas los vídeos) en que ha sido en el fantástico libro Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión (1975), de Michel Foucault, donde he encontrado las mejores perspectivas y herramientas para pensar la práctica educativa de otra manera. Más aún, creo que si no lo hubiera leído, releído, ojeado y hojeado tantísimas veces (ya avisé a propósito de las absurdas exclusiones educativas que quizás demasiadas), hoy sería otro tipo de profesor, y probablemente hasta de persona. No quiero aquí resumir un libro que tantísimo me ha aportado, pero sí dejar constancia de la absoluta brillantez de su estudio de los métodos de vigilancia y control, y de lo que abre el pensamiento observar esa “microfísica del poder” tan foucaultiana. Quizás debería aprovecharse en estos tiempos de tanto reclamo de disciplina a toda costa. Sí, porque según Foucault, las prisiones, las escuelas, los manicomios y las cárceles tienen un determinado origen común en la historia de nuestra cultura.
Los intentos de “normalización”, las divisiones y distribuciones estrictas de tiempos y espacios, los agrupamientos, las clasificaciones y calificaciones, los diagnósticos, el suplicio de los cuerpos en mayor o menor medida, los controles de la actividad, las sanciones, también “normalizadoras”, aluden en definitiva a un intento de definición de nuestra cultura frente a “lo otro anormal”. Piensa las semajanzas entre las instituciones aludidas: paseos por el patio a determinadas horas, actividades regladas, distribuciones en alas y celdas colectivas, celdas de exclusión, profesionales “sanadores”, colegios internos… y tantas otras. En definitiva, lo bueno frente a lo malo, el disciplinamiento de los cuerpos y de las conciencias a través de ellos, y al revés. O, en palabras del propio autor (subrayo para docentes):
“Quizá nos dan hoy vergüenza nuestras prisiones. El siglo XIX se sentía orgulloso de las fortalezas que construía en los límites y a veces en el corazón de las ciudades. Le encantaba esta nueva benignidad que remplazaba los patíbulos. Se maravillaba de no castigar ya los cuerpos y de saber corregir en adelante las almas. Aquellos muros, aquellos cerrojos, aquellas celdas figuraban una verdadera empresa de ortopedia social. A los que roban se los encarcela; a los que violan se los encarcela; a los que matan, también. ¿De dónde viene esta extraña práctica y el curioso proyecto de encerrar para corregir, que traen consigo los Códigos penales de la época moderna? ¿Una vieja herencia de las mazmorras de la Edad Media? Más bien una tecnología nueva: el desarrollo, del siglo XVI al XIX, de un verdadero conjunto de procedimientos para dividir en zonas, controlar, medir, encauzar a los individuos y hacerlos a la vez “dóciles y útiles”. Vigilancia, ejercicios, maniobras, calificaciones, rangos y lugares, clasificaciones, exámenes, registros, una manera de someter los cuerpos, de dominar las multiplicidades humanas y de manipular sus fuerzas, se ha desarrollado en el curso de los siglos clásicos, en los hospitales, en el ejército, las escuelas, los colegios o los talleres: la disciplina. El siglo XIX inventó, sin duda, las libertades; pero les dio un subsuelo profundo y sólido – la sociedad disciplinaria de la que seguimos dependiendo“.
En definitiva, un enorme, maravilloso libro, que hace tiempo que quería recomendar aquí.