Crónicas de la dirección de un instituto (VI): De una parada y otras aceleraciones
Publicado por Juanjo on 30 Enero , 2008
…temporal, y por falta de tiempo. Tal y como estoy ahora mismo de trabajo, este blog es para mí un artículo de lujo, y voy a echar el freno de mano, a colgar temporalmente el cartel de “vuelvo enseguida”. Se me acumulan el ingente trabajo que da el instituto, preparar e impartir un curso para profesores sobre blogs educativos en el CEP de Sevilla con mis compañeros de Iguales en Las Tres Mil, la gratificante y difícil labor como jurado en el II Premio Espiral de Edublogs 08 (fantástica tarea la de Isidro Vidal coordinando el jurado), la colaboración como ponente, con un taller titulado “El blog y otras estrategias de la web 2.0 para el aprendizaje en un mundo visual”, en el curso de libre configuración La Cultura Visual como un eje del Currículo (doc) de la onubense Facultad de Ciencias de la Educación, las sesiones presenciales del Curso de Formación de Directores (añadidas a las de Moodle), las novedades de la Ley de Educación de Andalucía…
Demasiado, demasiadas cosas, urgencias, presencias, perspectivas. Una de las primeras sensaciones cuando uno asume la dirección de un instituto que apuesta por renovar y aportar algo es la de que todo se acelera. Y difícil es no acelerarse uno, y mantener el enfoque, la perspectiva adecuada, la velocidad de crucero. Y ojalá pudieras dividirte, o multiplicarte, porque muchas veces uno ya no se representa sólo a sí mismo. Hace poco me decía el director de un instituto sevillano: “Juanjo, la mayor parte, la más importante de nuestro trabajo, la hacemos fuera del instituto”. Le dije que no estaba de acuerdo, pero que no le faltaba razón si a lo que se refería era a que se convierte uno en representante de una institución, también fuera de ella. Y que es verdad que en determinados despachos externos puede uno conseguir beneficios para sus alumnos. Y esos despachos no tienen hora de entrada y, a veces, tampoco de salida.
No sé si lo he dicho en alguna otra crónica. Pero para dirigir un instituto es imprescindible echarle todas las horas posibles, de trabajo y pensamiento, si es que estos dos conceptos se pueden diferenciar a veces. No, no tengo tiempo, ahora mismo más bien el tiempo me tiene a mí. Detengo aquí, provisionalmente, este blog. Me equivoqué cuando, al asumir la dirección de mi instituto, pensé que no iba a poder mantenerlo. Sí, se puede. Pero más me equivocaría si pensara ahora mismo que no debo dejarlo una temporada. No, no es una “espantada”, como hace poco me hacía reír al comentar Illaq. Pero ya ves, Andriu, no soy fuera de serie: no se puede con todo. Continúo con ganas en todos los frentes, al pie de todos los cañones en los que puedo estar en esta tarea. Convencido de que, en mi “turno” de aportar, tengo que intentar aportar todo lo que pueda contra ese mundo y escuela al revés. Pero ahora mismo, Manuel, los “disparos”, los “cañones”, tienen que ser otros. No sé por cuánto tiempo. Semanas, quizás un mes, dos. No tengo tiempo. Una parada en el camino de este blog. Anunciaré sólo las convocatorias del CIO. Ahí quedó.
La foto de arriba es de Best of?, y la encontré en una página de fotografía sobre Barcelona.
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En varias ocasiones, y ya me estoy hartando, me he negado a firmar distintos escritos de asociaciones y colectivos de directores de institutos que reclamaban la reducción de las horas de clase de los directores hasta el cero absoluto. Es decir, la supresión completa. Vamos, que me niego en rotundo a solicitar a la administración que los directores no demos clase. Y, aunque no me he encontrado solo en la negativa, sí hemos sido una minoría casi ridícula. Y me he negado a la vez que la indignación ha inundado mi ánimo. No soy ningún ejemplo de nada, pero llego a mi instituto, junto con el jefe de estudios, antes que nadie y me voy, también a la vez que él, después de todo el mundo. Y tengo ocho horas lectivas semanales. Pero son ésas, precisamente ésas, las únicas en las que tengo la sensación de que tiene sentido todo lo que se hace el resto de horas.
Sonó el timbre y se levantó, empujando levemente la mesa hacia adelante. Tiene trece años y no valoró las consecuencias de su inocente gesto. Nada menos que acababa de provocar la tremenda catástrofe que suponía que se aflojara un tornillo, el de la esquina de la sexta mesa del aula de desdoble del pasillo de la primera planta… y el director no se había enterado.
Ésta gota no es líquida, ésta sí. ¿Encajarán? Cortando a retazos papel absorbente, papiroflexia de la sequía, embudo del pantano común, parecen acoplarse. Pero la piel del melocotón repele y divide el chorro, y lo convierte en gotas. La mejor manera de no poder mojarse más todavía es tirarse de cabeza hasta empaparse. Y recordar que somos líquidos, que por dentro aguantamos la respiración de nuestra acuática existencia. Y hacer conscientes de que el hueso no es un milagro, es una pieza de otro puzzle, de otro horario.